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Disfrutar o demostrar

Por Raquel Ortiz Bolfán , 8 noviembre, 2026

 

Recuerdo que hubo un tiempo en el que tener una vida tranquila era una aspiración. En tu mundo ideal estaba impuesto tener un trabajo estable, una casa, tus amigos, tiempo para disfrutar y, si se podía permitir, unas vacaciones al año. No parecía un mal plan. De hecho, muchas personas dedicaron buena parte de su vida a conseguirlo. En cambio, ahora, parece que eso forma parte del pasado, porque ya no es suficiente.

Hay que viajar a lugares extraordinarios, practicar un deporte que demuestre nuestra capacidad de superación, tener una afición interesante, cuidar el cuerpo, la mente, reinventarse y, por supuesto, disponer de una historia personal que merezca ser contada. Porque, al parecer, no basta ya con vivir, también tenemos que resultar interesantes mientras lo hacemos.

Sin ir más lejos, solo hay que prestar un poco de atención a las conversaciones del día a día. Alguien comenta que ha pasado el fin de semana en casa descansando, y casi siente la necesidad de justificarse. Otra persona puede explicar que en sus vacaciones no ha planeado ningún viaje y sin saber de dónde, recibe recomendaciones para aprovechar mejor su tiempo. Y siempre aparece alguien que, además de trabajar, estudiar, entrenar y viajar, ha encontrado unas horas para emprender un proyecto personal.

Y la pregunta a realizar sería ¿Cómo lo hacen? Y casi es una cuestión que nos formulamos con admiración, aunque quizá deberíamos preguntarnos por qué creemos que todos tenemos que hacerlo.

Parece que hemos convertido la vida en una especie de currículum que debemos actualizar constantemente. Ya no basta con disfrutar cada uno a su manera, hay que tener experiencias y además tienen que ser especiales, siempre hay que destacar, es el nuevo propósito.  Incluso descansar ha adquirido una dimensión productiva. Ahora hay que desconectar para volver con más energía, meditar para rendir mejor o practicar determinadas actividades para convertirnos en nuestra mejor versión.

¿Y no podría ser que no queremos ser nuestra mejor versión? ¿Y si algunos días nos conformamos a ser simplemente lo que somos? Es curioso que, mientras defendemos la libertad de vivir como cada uno desea, se haya construido una idea bastante exigente de lo que significa aprovechar la vida. Y como no, las redes sociales han contribuido a ello, aunque sería demasiado sencillo responsabilizarlas de todo. Al fin y al cabo, ¿alguien nos obliga a compararnos con las vacaciones de alguna persona desconocida, con el físico de alguien que dedica varias horas al día a entrenar o con esa persona que, asegura haber encontrado su verdadera vocación, después de abandonar una carrera profesional aparentemente exitosa?

Y la cuestión es que lo hacemos, y seguramente en nuestro interior, ni deseamos lo que vemos. Seguramente no nos apetezca ir a maratones, viajar continuamente o ser emprendedor, pero descubrir que otras personas los hacen, nos obliga a provocar la incómoda percepción de que nos estamos quedando atrás. Porque nunca será suficiente lo que hagas, siempre habrá algo más que puedas hacer.

Nos hemos preguntado ¿si estamos confundiendo una vida interesante, con una que lo parezca para los demás? Porque es bien diferente. ¿Por qué debe parecer diferente si uno disfruta solo leyendo, paseando o compartiendo una conversación? ¿Es necesario aprovechar cada minuto de nuestra existencia? Parece ser que estas vidas son demasiado normales. No tienen titulares ni grandes transformaciones, y eso equivale a conformismo o falta de ambición.

No se trata de defender la resignación ni de renunciar a descubrir cosas nuevas. La curiosidad, los proyectos y las ganas de superarnos pueden hacer que nuestra vida sea más rica. El problema aparece cuando dejan de ser deseos propios y se convierten en expectativas que sentimos la obligación de cumplir. Porque entonces incluso aquello que hacemos para disfrutar, termina pareciéndose a una tarea pendiente, y la carga y presión empieza a imponerse.

Tal vez deberíamos recuperar el derecho a tener una vida que no sorprenda a nadie. A pasar un sábado sin hacer nada memorable. A no tener una gran pasión o una lista interminable de cosas que hacer antes de morir. Pero lo más importante es, no sentir que tenemos o debemos dar explicaciones, porque puede que una vida extraordinaria no sea aquella en la que suceden cosas excepcionales, sino aquella en la que no necesitamos aparentar que suceden.

Aunque, pensándolo bien, quizá tampoco haga falta que sea una vida extraordinaria, simplemente que se nuestra, eso tendría que ser suficiente.

 

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