Portada » Columnistas » Donald Trump nos felicita por Año Nuevo

Donald Trump nos felicita por Año Nuevo

Por José Luis Muñoz , 6 enero, 2026

No podíamos empezar mejor este 2026 que corre el peligro de ser tan bueno como el 2025. Capten mi siniestra ironía. Donald Trump, como elefante en cacharrería, irrumpe en Venezuela, la bombardea con una demostración de poderío aéreo (150 aeronaves entre aviones y helicópteros), suma ochenta víctimas mortales más a su ya larga lista de asesinatos en supuestas narcolanchas y secuestra al presidente de una nación soberana que nada absolutamente ha hecho a Estados Unidos salvo venderle el petróleo. Esa es la postal de felicitación del año que empieza del emperador del mundo, nuestro nuevo Calígula, tipo campechano que va destrozando el mundo entre bromas y chirigotas.

No voy a derramar muchas lágrimas por Nicolás Maduro, que fue una pésima elección de Hugo Chávez y carecía del carisma de su predecesor. El líder bolivariano ha arruinado su país (bloqueado por Estados Unidos, todo hay que decirlo, que ha hecho la vida imposible a Venezuela como lleva décadas haciéndolo con Cuba) y tiene ademanes de payaso caribeño. Me creo tanto a él como a esa oposición venezolana liderada por María Corina Machado, el infamante Premio Nobel de la Paz de este año, y su hombre de paja, dispuestos a entregar el país a Estados Unidos desde el primer momento. Mi breve estancia en Caracas a principios de este siglo fue suficiente para ver cómo respiraban los cachorros fascistas de entonces que insultaban desde los medios de comunicación a Hugo Chávez, pedían abiertamente que lo asesinaran y despreciaban a sus seguidores llamándoles monos. Y eso lo hacían en una dictadura, como decían sufrirla. Son los que aplauden ahora en la Puerta del Sol de Madrid la intervención yanqui, el asesinato de ciento sesenta de sus compatriotas (si sumamos los ocupantes de las supuestas narcolanchas acribillados y rematados a las víctimas de este acto terrorista) y la entrega de sus recursos naturales al vecino del Norte: patriotas de hojalata que no son otra cosa que traidores vendepatrias que lamen la bota estadounidense.

Estados Unidos ha incursionado militarmente en un país que nada hostil le ha hecho  y ha secuestrado (llamemos a las cosas por su nombre) a su presidente con la delirante acusación de encabezar el Cartel de los Soles, introducir droga en Estados Unidos y tenencia de armas (desde cuándo, me pregunto, es delito tener armas si Estados Unidos promociona precisamente que todo ciudadano tenga un arsenal en su casa), acusaciones falsas y peregrinas pero que probablemente sirvan para encerrar a perpetuidad a Maduro (un tribunal decente lo primero que haría sería cuestionar la legalidad de esa detención). Venezuela no destaca precisamente por tener drogas sino petróleo, ni armas, que las produce precisamente Estados Unidos que es el mayor traficante de armas del planeta. Y petróleo es lo que anda buscando Trump además de controlar su patio trasero y lastimar los intereses de China, su rival principal, que lo compraba al país caribeño y no lo pagaba en dólares, algo que hay que subrayar para entender lo que está pasando. Que Nicolás Maduro amañara las últimas elecciones es más que probable, pero Venezuela tiene una apariencia de democracia que para sí quisieran otros países de su entorno: la oposición se manifiesta con toda la contundencia posible y llena las calles de Caracas sin que se la reprima policialmente y se presenta a elecciones, aunque estas, presuntamente, sean luego amañadas (habitualmente una comisión internacional velaba por la limpieza de los comicios). También Donald Trump dijo, cuando perdió frente a Biden, que las elecciones en su país fueron amañadas. Ciertamente las cárceles de Venezuela están llenas de presos políticos como las de Estados Unidos de emigrantes que llevan décadas trabajando en el supuesto país de las oportunidades, pero el problema de Venezuela no es una democracia cuestionada sino el petróleo y su extracción. Es el petróleo, estúpidos, ha venido a decir Donald Trump a los ilusos que se creían que iba a traer una democracia tutelada a Venezuela, un petróleo que el régimen chavista no sabe administrar, y eso es muy cierto, y cuyas ganancias no siempre van al bolsillo de los venezolanos, que hace años iniciaron su diáspora por millones, sino seguramente a los de sus corruptos gobernantes. Venezuela es un país fracasado económicamente hablando, como lo es Cuba.

Aun admitiendo que Nicolás Maduro sea un corrupto, un tirano, un antidemócrata, un dictador, el que lo ha apresado de forma tan espectacular (nadie duda de la eficacia del ejército norteamericano como nadie duda de su nefasta sanidad: no se puede tener todo), es un delincuente condenado en firme (podría haber sido presidente desde la cárcel), pendiente de juicio por un intento de golpe de estado (alentó el asalto al Capitolio), sospechoso de ser un pederasta y amigo íntimo del que controlaba la red, corrupto hasta las cejas (desde que ha llegado a la presidencia de los Estados Unidos se favorece a sí mismo y a los suyos sin tapujos), asesino (sin pruebas ha dado órdenes de matar a las tripulaciones de las supuestas narcolanchas), pirata (asalta petroleros en aguas internacionales y se los queda), secuestrador y suministrador de armas para que un país, Israel, cometa un genocidio atroz. Un tribunal imparcial podría sentarlo en el banquillo con un rosario de acusaciones criminales en su contra. Quizá el Tribunal Internacional de La Haya debería emitir una orden de búsqueda y captura contra Donald Trump. Soñemos.

Lo distópico se ha hecho realidad en muy poco tiempo. Los argentinos eligen a un loco de frenopático; los chilenos, a un nazi nieto de nazis que alaba a Pinochet; los salvadoreños, a un dictadorzuelo que ofrece sus cárceles infames al mejor postor; y los norteamericanos a un papanatas bocazas e iletrado con lenguaje de taberna y tics autoritarios que está barriendo a los emigrantes de su país, los echa a patadas, los encarcela (sí, también a esos venezolanos que ahora lo aplauden, ovejas que lamen la cuchilla del carnicero), persigue por el color de la piel u origen a ciudadanos norteamericanos, censura los medios de comunicación que lo critican y tiene a su favor un Tribunal Supremo elegido por él que autoriza todas sus tropelías.

La única virtud que tiene el actual dictador de Estados Unidos, alguien que, como Hitler, sueña con abolir la democracia y las libertades de su país, es la sinceridad, la claridad con que expone sus argumentos. Los cargos por los que ha secuestrado a Maduro son puro teatro e incluso suenan a algo pactado con alguna facción del régimen bolivariano que puede haber vendido a Maduro y la sospecha de la traición se cierne sobre Delzy Rodríguez que ya se está plegando a los designios de quien ha secuestrado a su presidente. Yo, a lo que voy, es a por vuestro petróleo, y así lo expresó en su rueda de prensa el multimillonario empresario en su mansión de Florida, no en la Casa Blanca, saltándose todo el protocolo institucional. Estados Unidos va a apropiarse de todo el petróleo venezolano y va a administrar el país como le dé la gana. A la traidora María Corina Machado la ha despachado en un santiamén para desolación de la oposición declarándola no válida para el cargo: le sale más a cuenta pactar con lo que queda del régimen bolivariano que iniciar una transición democrática. Calígula ha amenazado, de paso, a Colombia, porque Gustavo Petro le planta cara, a Cuba y hasta a México.

Lo malo no es que haya un Donald Trump con el culo en el Despacho Oval, o en su mansión de Florida, un genocida como Benjamín Netanyahu gobernando Israel, como hubo un Adolf Hitler o un Josif Stalin, por citar algunos monstruos del pasado y el presente, sino que se le consientan sus actos y no tengan freno. La Unión Europea, una entidad de paja sin peso político que ya debería disolverse por dignidad, ha callado de forma vergonzante ante lo que es una clarísima violación del derecho internacional, no ha dicho absolutamente nada en contra de este atropello arbitrario. El único país que ha tenido el coraje de condenar ese acto de terrorismo que ha cometido Estados Unidos contra un país soberano ha sido España, lo que nos honra, sí, y nos coloca en la diana de ese demente que quiere controlar su hemisferio. Si el mundo ha permitido el genocidio en directo del pueblo palestino, que ha sido un globo sonda para ver si había algún tipo de reacción, cualquier otra tropelía es posible y ahí tenemos Venezuela.

Donald Trump ha hecho saltar por lo aires el orden internacional para instalar el suyo que es el caos. Los derechos humanos y la democracia le importan un carajo y ahí están las brutales redadas que hace en su país contra los emigrantes o las invasiones militares de ciudades que no le son afines. El empresario megalómano elegido por la mayoría de los norteamericanos ha venido a la política para forrarse y lo dice claramente. El sátrapa norteamericano cogerá lo que le apetezca de su entorno geográfico: Groenlandia, por ejemplo, lo que queda de Ucrania (Monsanto y las tierras raras) y deje Putin. El emperador naranja comulga con algunos de los principios fundacionales de su país: el genocidio de sus habitantes y el robo de tierras (la mitad de Estados Unidos era territorio mexicano y aspira a extender fronteras, hacer Estados Unidos más grande a costa de los demás). El respeto entre países ha dejado de existir, lo mismo que la soberanía (Trump ha declarado a Europa como su enemigo y ha prometido inmiscuirse en sus procesos electorales para establecer en el Viejo Continente gobierno afines). La razón de la fuerza se ha impuesto a la fuerza de la razón, y no es cosa de ahora sino de hace muchos años, pero en la actualidad se hace a cara descubierta. Solo se respetan entre sí los países que tienen armamento nuclear. Pero los que tienen la bomba controlan a los que no la tienen para que no la tengan (Irán, por ejemplo, país en el punto de mira de la coalición Israel-Estados Unidos que seguramente volverá a ser bombardeada). ¿Hay que invertir, entonces, en defensa en detracción de nuestro estado de bienestar tal como andan las cosas? Es una pregunta pertinente y compleja que debemos hacernos.

El mundo es infinitamente peor en este 2026 que nace con el estruendo de las bombas norteamericanas y el secuestro de un jefe de estado y millones de sus ciudadanos vitoreando al terrorista y delincuente que se salta todas las leyes, y ahí está la derecha española, el PPVOX que se abraza al trumpismo.  Miles de serpientes están saliendo del huevo ahora mismo.

Lo de Trump en Venezuela, seguramente en Groenlandia, posiblemente en Colombia y también México (el bravucón no amenaza por amenazar y que se lo pregunten a Nicolás Maduro ya encarcelado en Nueva York) da carta blanca para que Rusia se anexione lo que crea conveniente de Ucrania y recupere el Este de Europa (el sueño del zar moscovita es reconstruir lo que fue la URSS), y China haga lo mismo con Taiwan. Los gigantes nucleares se reparten el mundo y sus zonas de influencia y la última confrontación será con China (lean, si la encuentran, mi novela distópica Ciudad en llamas en la que proféticamente daba en el clavo con doce años de antelación). Lo malo de las distopías, es que se acaban cumpliendo.

Uno de los grandes valores del cristianismo era la empatía, no desear para el prójimo lo que no desearías para ti mismo, y eso, por desgracia, se ha perdido, no se enseña ni en las escuelas. En el caos mundial, en el que estamos inmersos sin posibilidad de reacción, se ha instalado la psicopatía. Trump, Netanyahu y Putin son muestra de ello. Nuestra única esperanza es que al mandatario norteamericano le ocurra lo que al presidente de Estados Unidos le sucedía en Civil War, otra historia profética, que sean los propios norteamericanos los que echen a patadas a su indeseable mandatario por las buenas (las urnas en las próximas elecciones en noviembre del 2026 pueden ser un aviso) o las malas. No todo parece perdido cuando Zohran Mandami, el alcalde de Nueva York progresista y musulmán, ha condenado abiertamente la tropelía que ha cometido su presidente y ha prometido cumplir la orden de arresto internacional contra el criminal Benjamín Netanyahu si pisa su ciudad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.