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El Orador

Por Francisco Collado , 13 enero, 2026
El orador.
El orador, en la cercanía, despliega un carisma sesgado, de arcipreste ladino, de canónigo rancio (en el sentido laico del termino, por supuesto) para vender con oratoria ensayada, los principios fundamentales de su Movimiento. Hace oídos sordos a la realidad y responde con frases estudiadas de vendedor de humo, con el acento fatuo de quien repite eternamente la misma melodía sin solución de continuidad.
Hábil ilusionista, truca las cartas de su interminable monólogo para complacer a todos a cambio de nada. Niega y afirma para no decir nada, esquiva y dibla como un hábil delantero, para terminar metiendo gol en portería propia.
No hay respuestas, solo vaguedades. No hay verdades, solo medias tintas. El orador despliega un aura de gnomo malicioso y soterrado. Sonríe, se identifica con la pregunta sin comprometerse; estudiado el gesto; hábil en el idioma del ilusionismo.
Habla, pero no dice. Oye, pero no escucha. Mira, pero no ve.
En resumen, agua de borrajas.

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