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El precio de la carne

Por José Luis Muñoz , 3 diciembre, 2021

 

Cuando hablamos de trata y explotación sexual de las mujeres ponemos nuestro foco en el llamado Primer Mundo, olvidándonos del Tercero que es quien suministra el mayor porcentaje de carne en el supermercado del sexo. Nos gusta mirarnos el ombligo creyendo que no hay otros, que nosotros somos primero y todo lo demás gira a nuestro alrededor. En África, en numerosos países árabes, en buena parte de los países de Extremo Oriente, la prostitución está tan enraizada en el ADN de sus pueblos y se lleva ejerciendo desde tanto tiempo que es prácticamente imposible erradicarla. Las mujeres se venden, incluso siendo niñas, en los matrimonios acordados. Los depredadores sexuales occidentales, de todos los sexos, viajan a esos países a tener acceso carnal con mujeres, hombres o niños y no siempre a cambio de dinero: el hambre admite cualquier trueque. Solo en caso de pederastia, se les persigue y juzga si se logra demostrar el delito a su regreso. El turismo sexual es una lacra más a añadir al ya devaluado concepto del turismo genérico. Si eres hombre y vas a Cuba, a Tailandia o a Senegal y no follas con una nativa es que eres tonto. El Primer Mundo es depredador de las materias primas del Tercero, y en ellas se incluye el ser humano. El documentalista austriaco Ulrich Seidl resulta muy incómodo cuando retrata a esas compatriotas, porque también hay mujeres, que van en busca de un buen pene negro a Kenya.

A lo largo de la historia el papel de la mujer en la sociedad ha sido vilipendiado en general por el hombre. El machismo está en el libro de libros, en la Biblia, y en el seno de casi todas las religiones monoteístas. Un simple trozo de la costilla de Adán. Con esos inicios, ¿qué se esperaban? Los nativos del Anahuac, el actual México, ofrecían a Hernán Cortés joyas y mujeres, y seguramente se valoraban más las primeras que las segundas por inalterables, porque no envejecían. En la Edad Media los señores feudales ejercían el derecho de pernada con las esposas de sus súbditos y cuando marchaban a las cruzadas se llevaban consigo las llaves de los cinturones de castidad de sus cónyuges para evitarles tentaciones. En la excelente película de Ridley Scott El último duelo, el personaje interpretado por Matt Damon no se irrita porque hayan violado a su esposa sino porque le han dañado una propiedad. Las cosas no han evolucionado mucho desde entonces, aunque puede que sí las formas. En conversaciones grabadas algunos políticos de partidos que se sientan en los bancos del Congreso de los Diputados hablaban, literalmente, de volquetes de putas para cerrar oscuros negocios con empresarios y el derecho de pernada se sigue ejerciendo en algunos trabajos. Hay que pasar por el aro, o la entrepierna de tu jefe. No hace muchos años en los anuncios de empleo se podía leer el literal Se necesitan señoritas de buen ver. Que fueran eficaces en su trabajo era lo de menos.

Existe un desprecio generalizado contra las prostitutas, más todavía por los que las utilizan o se lucran de ellas. Puta es uno de los insultos más recurrentes, una palabra estigmatizada para que ellas no tengan ningún derecho por el simple hecho de ostentar ese vocablo infamante que las denigra como una marca en la piel. En una película norteamericana de hace unos cuantos años las marcaban como al ganado. En Tailandia, en Patpong Road tienen un dorsal con un número en la espalda para agilizar la transacción económica. Tampoco es que suene muy bien la palabra prostituta y hetaira es demasiado sofisticada. El lenguaje está tan pervertido como la sociedad.

En Estados Unidos un asesino en serie llamado Samuel Little se jactó de haber asesinado, después de violarlas, a 93 prostitutas a puñetazos, puesto que era muy corpulento, o estrangulándolas, sin que la policía se molestara en investigar sus desapariciones por ser ciudadanas de segunda clase. Este monstruo enorme, a pesar de su apellido, arrebató el cetro a Gary Ridgway, el depredador de la Ruta 99, con una marca de 50 prostitutas asesinadas. Ante estos depredadores, Jack El Destripador es un aficionado. En otros países, sin llegar a los extremos estadounidenses en donde todo se sobredimensiona, hasta el crimen, sucede lo mismo. Ni muertas, esas mujeres asesinadas después de ser usadas, son iguales que las demás: no merecen protección vivas, no se persigue a quienes las mataron. Se lo han buscado por su actividad de riesgo, se suele decir. El riesgo que tienen las víctimas del feminicidio de Ciudad Juárez perpetrado contra las maquiladoras por una turba de desalmados que las acechan en la oscuridad como lobos hambrientos. Para los que desprecian el género femenino esas trabajadoras mexicanas explotadas en Estados Unidos, que deben regresar de noche a sus casas, tampoco son dignas de vivir y pueden ser violadas antes de expirar, desmembradas y vendidas a trozos en lo que es un ejemplo vivo de capitalismo salvaje que se lucra hasta con los cadáveres del Tercer Mundo. Películas snuff o traficantes de órganos que los venden a las clínicas del Primer Mundo. Materia prima, en definitiva.

Hay diversas formas en Occidente de afrontar la prostitución. En Holanda, Alemania y Dinamarca es legal su ejercicio. En los Países Bajos la prostitución está regulada como un trabajo desde el año 2000, la ley obliga a los propietarios de los burdeles a pagar impuestos y la Seguridad Social de las prostitutas. Éstas, que deben tener una licencia municipal, tienen derecho a Seguridad Social y a cobrar el paro. El llamado Barrio Rojo de Ámsterdam puede ser el paradigma más visible de este modelo de gestión de quienes toman la decisión de alquilar sus cuerpos. La misma situación se produce en Alemania. En Dinamarca, las prostitutas pagan impuestos, pero no tienen paro ni Seguridad Social.

Suecia, Noruega e Islandia abogan por la abolición, lo mismo que va a hacer el gobierno de España. Suecia fue pionero, en 1999, al aprobar una ley contra la compra de servicios sexuales. Su normativa prohíbe pagar por el sexo y penaliza al cliente con multas de prisión y económicas. Es un modelo actualmente en expansión que, sin embargo, tiene detractores. Una abolición de la prostitución puede potenciar los delitos contra la libertad sexual. De hecho Suecia es uno de los países de Europa que encabeza el ranking de violaciones. ¿Está relacionada esa estadística de violencia sexual con el abolicionismo? Habría que estudiarlo.

 En España e Italia hay un vacío legal. La prostitución es alegal en España, en donde sí está penado el proxenetismo. España es el país con más consumo de prostitución de la Unión Europea.   Cuatro de cada diez hombres admiten haberse acostado con prostitutas según un estudio de la Universidad de Comillas para el Ministerio de Sanidad. Irse de putas no es un desdoro sino un alarde de machismo. Si a principios del pasado siglo eran los padres los que acompañaban a sus hijos para que fueran desvirgados por una prostituta de su confianza, ahora los jóvenes alardean de frecuentarlas después de emborracharse o como colofón a las despedidas de soltero que suelen acabar en burdeles. Algunas ordenanzas municipales la prohíben y multan tanto a los clientes como a las mujeres. La situación de España es similar a la de Italia, en donde en los últimos años han proliferado las situaciones que penalizan tanto la compra de sexo como la venta.

En Hungría la prostitución es ilegal, pero se penaliza, sobre todo, a la mujer que ejerza en zonas protegidas que se enfrentan a multas o incluso a cárcel. Al cliente solo se sanciona si acepta los servicios de una menor.

En España se calcula que hay 1100 puticlubes de carretera a la vista de todos y 2900 burdeles. Si uno los observa con atención comprobará que muchos de ellos están junto a gasolineras, se camuflan como restaurantes y tienen rejas en las ventanas para que las mujeres retenidas en ellos no escapen. Acabar con ellos sería muy fácil puesto que no se camuflan. También hay otros negocios que comercian con carne, como las peluquerías chinas con final feliz en la trastienda. Se calcula que hay unas 400.000 prostitutas, la población total de una ciudad mediana; 40 millones en el mundo, todo un país como España. La prostitución en nuestro país genera cinco millones de euros al día, 18.000 millones al año, y en Europa 32.000 millones, y en el mundo 108.000 millones de euros. Nuestro país, a la vista de estos datos, es el epicentro de la prostitución europea. Buena vista empresarial tuvieron los que pusieron el mayor supermercado del sexo en la misma frontera. Desde hace unos años los ingresos por la prostitución entran en España a formar parte del PIB, aunque no tributen, y supone su 0,35%. España es el país de Europa que más prostitución consume y ocho de cada diez prostitutas lo hacen contra su voluntad, esclavizadas. Las prostitutas ganan de promedio 123 euros al día, de los que 89 deben pagarlos a los empresarios, muchos de los cuales pertenecen a grupos de extrema derecha que así se financian. La mayoría de las prostitutas vienen de países latinoamericanos, este de Europa y África. Estas últimas son las más explotadas ya que deben atravesar el continente, pagarse un pasaje para cruzar el Mediterráneo, en donde muchas de ellas mueren, y saldar sus deudas con el traficante. Buena parte de ellas ya han sido violadas por el camino y vienen con sus hijos pequeños. Cada mujer que viene de fuera debe pagar 8400 euros por su estancia de tres meses al empresario. Muchas son engañadas con ofertas falsas de trabajo, secuestradas o generan deudas impagables que las tendrán sometidas toda la vida. Son coaccionadas con violencia ellas y sus familiares. Si se regulara la prostitución la mayoría de esos locales tendría que cerrar porque viven del dinero negro. El 94% de los que en ellos trabajan son mujeres. Por la ley de la oferta y la demanda, las menores son las que más cotizan en bolsa.

El dilema de la prostitución está sobre la mesa y el gobierno progresista de PSOE y UP parece decidido a optar por la abolición sin tener en cuenta al colectivo de prostitutas que quieren seguir ejerciendo con garantías su actividad y a quienes deberían consultar por estar directamente afectadas. Para esas mujeres que ejercen libremente, la abolición va a suponer que la prostitución esté más aún en manos de mafias locales o internacionales de cómo está ahora. El colectivo OTRAS (Organización de Trabajadoras Sexuales) agrupa a las mujeres que quieren seguir prestando servicios sexuales libremente, sin ser explotadas por el proxeneta, y se declaran feministas aunque fuera del feminismo imperante con el que chocan habitualmente. Conxa Borrell, cabeza visible de ese sindicato, tiene las cosas claras: “Quien lo ejerce libremente no lo va a dejar porque no hay un trabajo en el que se cobre más y te dé más tiempo libre para, por ejemplo, conciliar con tu familia o cuidar a tus padres”. ¿Quién somos para prohibir a un hombre o a una mujer que venda su cuerpo si aceptamos que un hombre venda su vida en la mina, por ejemplo? ¿Es más indigno proporcionar placer sexual a un extraño por dinero que trabajar como un topo y respirar gases tóxicos para un empresario que se enriquece con tu esfuerzo que te llevará pronto a la tumba?

Meter a todas las prostitutas en un mismo saco es un error de bulto. En el comercio de la carne también hay clases sociales. No es lo mismo una escort que tiene una cartera de clientes seleccionados y cobra aceptablemente por sus servicios en su apartamento o en habitaciones de hoteles, que una chica que está en la carretera bajo la sombra de una sombrilla y con una botella de agua a mano y será saqueada por el proxeneta al final de la jornada o sufrirá la paliza de un cliente sádico que puede llegar a asesinarla. Una escort de lujo puede ganar al mes hasta 120.000 euros en la temporada de verano en Ibiza, lo que le permite estar los otros once meses del año ociosa. Un minero 24.000 euros al año como mucho. ¿Es más digno ser minero?

El prohibicionismo, a lo largo de la historia, ha dado resultados muy magros. No hay más que recordar el resultado de la Ley Seca en Estados Unidos que hubieron de retirar tras su fracaso estrepitoso y que fomentara la delincuencia en su entorno. Lo mismo cabe decir de las drogas. Si se legalizara su producción y consumo de estupefacientes, como abogaba el desaparecido Antonio Escohotado, nos ahorraríamos un sinfín de muertes por adulteración y la violencia que rodea al mundo del narcotráfico en los países productores y consumidores. Pero no interesa, como no interesa acabar con los paraísos fiscales. Una abolición de la prostitución generaría un efecto similar a lo que sucede en el mundo de la droga, daría lugar a la prostitución clandestina, más descontrolada sanitariamente y la indefensión de esas mujeres sería mucho más terrible en manos de mafias que se lucrarían aún más y seguramente multiplicaría las agresiones sexuales que ya en estos momentos son más que preocupantes.

Frente a esa medida drástica del abolicionismo, que choca frontalmente contra los intereses de las mujeres que quieren ejercer su actividad con todas las garantías posibles, está la educación. Solo educando a nuestros jóvenes, en las escuelas, pero, sobre todo, en el seno de las familias, dándoles una educación sexual, en contraposición a la pornografía violenta que ven, e inculcándoles una normativa cívica, de respeto hacia el prójimo sea del sexo que sea, podemos mejorar la situación actual de violencia sexual contra la mujer. Claro que hay padres y padres. Se ponen un sinfín de trabas para los adoptivos que no se ponen a los biológicos. En este debate, en el de la prostitución que siempre ha existido, sobran dogmatismos y falta racionalidad.

Extractos de la charla en Moralzarzal el pasado 19 de noviembre con motivo de presentar la novela Mercancía robada de Lluna Vicens, un valiente alegato contra la prostitución forzada.

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