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El Serrat de cada cual

Por Mariano Velasco Escudero , 10 diciembre, 2021

Un repaso muy personal por el cancionero de Joan Manuel Serrat tras anunciar este su despedida de los escenarios el próximo año

No admite apenas discusión que Mediterráneo es la gran obra maestra no solo de Joan Manuel Serrat, sino probablemente de toda la música popular española. Es difícil, por no decir imposible, reunir en un mismo disco tantos temas sobresalientes uno detrás de otro o superar versos como “y tu sombra aún se acuesta en mi cama con la oscuridad, entre mi almohada y mi soledad” o “a tus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos como el recodo al camino”. Quien no se haya emocionado un poquito con cualesquiera de ellos, es que está más tieso que el sacristán de Pueblo blanco. Pero además de esos éxitos sobre los que tantas y tantas cosas se han dicho, la grandeza de un compositor como este es que todos tenemos “nuestro propio Serrat”, una colección de canciones suyas que nos han acompañado en momentos de nuestra vida, que nos han emocionado, enamorado y hecho sentir de manera más personal, vete tú a saber por qué, casi casi como si hubieran sido escritas para cada uno de nosotros.

Ahora que Joan Manuel Serrat anuncia su gira de despedida, “El Vicio de Cantar 1965-2022”, he rebuscado y recogido aquí un trocito de lo que bien podría ser “mi Serrat”:

De cartón piedra: confieso que la primera vez que la escuche no entendí ni papa de lo que cuenta. Pero si ya me gustaba sin entenderla, cuando se me hizo la luz aquella historia del hombre que se enamora de un maniquí me resultó fascinante. El argumento ha dado mucho juego después: el propio Sabina, en la voz de Ana Belén, le dio un giro más de tuerca a la idea en “A la sombra de un león”. Conmueve sobre todo por esa entrañable combinación de locura y ternura que contiene: “y yo le hablaba de nuestro futuro y ella lloraba en silencio, os lo juro”. Despertó en mi todo un mundo imaginativo que por entonces asocié – sin tener en cuenta el final de la historia, que la devolvía a la realidad –con otro universo literario que comenzaba a descubrir: el del realismo mágico.

Mi niñez: tal vez porque tuve una infancia feliz, siempre me gustaron las canciones que hablan de esa etapa de la vida. Si ya Mediterráneo comenzaba “jugando en tu playa”, en Mi niñez Serrat se explaya en sus recuerdos de infancia y recrea un paisaje lleno de juegos, sueños y vivencias en el que cobran especial relevancia las personas, su gente: la madre que viste la sombría casa de ternura, el padre que se hizo viejo sin mirarse al espejo, el hermano al que imitar, la primera novia que despierta los sentidos y las travesuras con los amigos. Él también lo dice bien clarito: “creo que entonces yo era feliz”.

Elegía a Ramón Sijé: a Machado lo había leído más, y quizás por eso me llamó siempre más la atención el disco que Serrat dedicó a Miguel Hernández y que contiene este que es uno de los poemas más bellos que se han escrito sobre la amistad y sobre la muerte: “tanto dolor se agrupa en mi costado que por doler, me duele hasta el aliento”. Son versos desgarradores como pocos los de la Elegía, y de una rebeldía sobrehumana ante lo inevitable de la muerte difícilmente controlable (“quiero escarbar la tierra con los dientes”), que Serrat supo equilibrar con su voz pausada, dejando que el texto cumpla por sí solo con su cometido.

Paraules d’amor: fue la canción que me descubrió, como a tantos madrileños, la belleza de una lengua que desconocíamos y a la que algunos en la capital le tenían incluso absurda manía: el catalán. Junto con Lucía, una de las más bellas canciones de amor que jamás se han escrito. Su letra aúna sencillez y ternura a partes iguales, y nos remite a lo mejor de una adolescencia que acapara recuerdos de esos que nunca se olvidan. Y si no, ahí están las canciones para recuperarlos: “velles notes, vells acords, velles paraules d’amor…”…

Por las paredes (mil años hace…): son más de siete minutos de soberana lección de historia con una visión muy universal de la identidad catalana, hablándonos en definitiva de quiénes somos, de dónde venimos y de hacia dónde vamos, y dándonos a conocer a un pueblo que hizo “de su sangre y su derrota día de fiesta nacional”. Destaca dentro de un disco, 1978, tal vez el menos conocido de Serrat, que contiene composiciones menos populares y más solemnes de lo habitual, pero de indudable calidad literaria.

Caminito de la obra (historia por rumba…): otra letra que tampoco entendí del todo la primera vez que la escuché, pero que me fue descubriendo poco a poco un vocabulario charnego absolutamente delicioso: la trabanqueta, la barrecha, la mobilé… Tampoco hacía falta entenderlo todo, para emocionarse escuchándola bastaba con saberse los dos versos que dicen “vale, que lloran sus ojos lágrimas de cemento, viendo escaparse los sueños como los vientos” y con dejarse llevar por ese ritmo rumbero tan catalanoandaluz que se nos contagia.

Aquellas pequeñas cosas: su aparente sencillez, y que comparte disco con las sublimes Meditérraneo y Lucía, tal vez la hayan hecho pasar algo más desapercibida, pero estamos ante un prodigio de composición. Evocadora como pocas, su encanto reside en su capacidad de poner la piel de gallina echando mano de aparentemente insípidos y manidos sustantivos, como lo son “cosas”, “cajón”, “rincón”, “papel”, “hojas”, “viento”… y que aun así,  todo el mundo acabe soltando su lagrimita “cuando nadie nos ve”.

Soneto a mamá: a la belleza de su contenido se une la forma clásica del soneto, una composición poética que además de su expresividad lírica, aporta, por si misma, un ritmo propio a la canción. Toda una mezcla de sensaciones, recuerdos y sentidos (“no es que no vuelva porque me he olvidado de tu olor a tomillo y a cocina”) expresados con el sosiego característico del endecasílabo. Me la tarareaba a mí mismo por lo bajini cuando falleció mi madre, y aunque me ponía triste, al mismo tiempo me consolaba tremendamente.

Romance de Curro el Palmo: del soneto al romance, si el primero posee enorme facilidad para expresar sentimientos, el segundo resulta mucho más apropiado en su forma y en su ritmo para la dramatización, Aquí Serrat nos ofrece un cuadro con reminiscencias del romancero gitano de Lorca, con personajes fascinantes y el amor de Curro por Merceditas, la del guardarropa, convertido en tragedia (“ay mi amor, sin ti no entiendo el despertar”).

Pueblo blanco: otra joya dentro de Mediterráneo ensombrecida por el brillo de las más conocidas. A Pueblo Blanco le sucede como a “El sexto sentido”, la peli: si te cuentan el final, te la estropean. Pero aun sabiendo cómo termina, es asombroso su poder evocador, su capacidad narrativa, el tratamiento del tiempo, la incursión de sentencias redondas en el relato (“y me pregunto por qué nacerá gente, si nacer o morir es indiferente”) y la cantidad de recursos cinematográficos que utiliza, como si de un documental de La 2 se tratara. ¡Ah!, y para qué recurrir a un dron para tomar las imágenes si uno puede unirse “a un vuelo de palomas”.

No hago otra cosa que pensar en ti: empecé con una confesión y termino con otra. Destaca dentro del disco En tránsito, el único objeto que he sido capaz de robar en mi vida…, que recuerde. Bueno, en realidad ni siquiera lo robé yo. Me robaron la casete de En tránsito en El Corte Inglés. Corría el año 1981 y yo no tenía ni un duro. El disco acababa de salir y un colega del barrio, al que se le daba bien el asunto, me propuso conseguírmelo… de aquella manera. No le dije ni que sí ni que no. Pero sí, al final me lo consiguió. Se ve que la conciencia me juega malas pasadas porque se me vienen a la cabeza otros títulos del mismo disco, como Una de piratas y Las malas compañías. “Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir”, como diría el otro.

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