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¿Pueden las máquinas entender?

Por Eduardo Zeind Palafox , 17 abril, 2017

 

Por Eduardo Zeind Palafox 

Investigador de mercados, articulista y profesor universitario

En un artículo de la revista “Sience” del 14 de abril de 2017, titulado “Semantics derived automatically from language corpora contain human-like biases”, se dice que las máquinas son capaces de aprender, de asociar lo empírico, el color del mar con el color de los ojos amados por Bécquer, por ejemplo, y de abstraer prejuicios culturales, como las ideas relacionadas con los insectos.

Comparemos estas dos sencillas facultades con la filosofía de Kant. Dice Kant que las fuentes del conocimiento son la experiencia, lo percibido, y el entendimiento, hecho de ciertas categorías lógicas innatas, tales como la de “singular”, “positivo”, “substancia” o “necesidad”. Las máquinas, así, percibiendo y entendiendo producen conocimiento. ¿Pero pueden las máquinas, digamos, escuchar el lenguaje e interpretar (no se confunda el interpretar con el reconocer) un rostro?

El rostro, según la filosofía de Levinas, es sinónimo de la palabra alma,  o psique. Ésta, afirma Kant, según lo experimentado día tras día creerá ser sustancia o función, simple o compuesta, libresca personalidad o producto histórico y conciencia o simple ente que sueña. ¿Pueden las máquinas decir: “el sujeto analizado es protestante, cree ser parte de una colectividad”? Sí, pero antes debemos decírselo.

Las máquinas, según leemos en el artículo citado, pueden cuantificar, relacionar tal vez infinitas series de datos, pero no emitir sobre ellas juicios. ¿Por qué? Porque experimentar, sentir, es quehacer espontáneo. Las máquinas, frente al mar, podrán captar lo que quien las determinó desea que capten, pero no más. Es decir, las máquinas aprenden captando, pero también recibiendo instrucciones humanas.

El entendimiento trabaja con la lógica, que opera según tres principios, como sostiene Kant: especificación, continuidad y homogeneidad. Expliquemos: especificar es separar objetos (flor-lápiz-reloj), hallar continuidades es comprobar que las cosas son lo que declaran ser durante el paso del tiempo (fue madera, hoy es lápiz y mañana basura será) y homogeneizar es encontrar semejanzas entre lo distinto (flor, lápiz y reloj son finitos).

Elegir uno de los tres principios depende del juicio, del modo en que definimos la palabra “problema” u “objeto” ( las máquinas, por eso, son vehículo de ideologías o filosofías, dirán los marxistas). Las máquinas pueden escrutar cosas, situaciones o conceptos, mas no plantear problemas espontánea o experimentalmente, es decir, construir objetos, situaciones y conceptos (hablo en sentido epistemológico).

Los principios lógicos, al resolver problemas, dictaminan la vía lógica más conveniente, que puede ser la inductiva, la deductiva o la sintética. Comparemos la cultura griega con la hebrea para ilustrar la cuestión. Los griegos creían que la palabra, “onoma” en heleno, era un simple nombre para las cosas, pero los hebreos creían que la palabra, “davas” en su lengua, era nombre y cosa. ¿Qué son las palabras para las máquinas? Siempre serán sólo palabras.

El mundo religioso, así, queda fuera de los alcances de las máquinas, que pueden pensar lo extenso, lo intenso, lo duradero, lo simultáneo y lo sucesivo, pero no lo infinito, noción que encierra contradicciones.

El artículo afirma que las máquinas pueden realizar interpretaciones semánticas, lo que implica que pueden hacer interpretaciones lingüísticas, interpretaciones que incluyen factores gráficos, fónicos, gramaticales, léxicos, históricos y políticos. Mucho lo dudamos, pues el lenguaje, de acuerdo con lo enseñado por los lingüistas, es espontáneo, y por serlo fácilmente crea paralogismos, es decir, objetos sin conceptos, conceptos sin objeto, intuiciones sin objeto y objetos sin objeto, o en palabras más simples, crea cosas de las que no cabe hablar, proposiciones que hablan de nada, imágenes culturales y entes contradictorios, todos elementos de la vida mítica.

Los mitos son soluciones para las antinomias de la razón, esto es, para las contradicciones inevitables de la razón humana, que son necesarias para vivir ante la “cierta muerte”, como dice Garcilaso de la Vega.

Las máquinas pueden registrar proposiciones antinómicas y ofrecer soluciones para ellas, pero no creer en ellas (para las máquinas las antinomias, entonces, no son problemas, sino sencillos silogismos mal urdidos). En Juan 20: 29 se habla del creer sin ver, del vivir sin ver, del actuar según lo invisible, culturalmente. La cultura, que posee grandes partes invisibles, no se manifiesta toda mediante el lenguaje. Las máquinas, luego, no captan los prejuicios culturales, sino sólo hábitos lingüísticos.–


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