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Series USA vs. series España

Por Adrián Magro de la Torre , 14 abril, 2014

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Hablando de series, y ante la pelea que existe, surge (sobre todo, en el público más joven y/o avezado) el mismo dilema de siempre. ¿Por qué aquí no me ofrecen lo que allí parece suceder con tanta facilidad y tanto disfrutamos? La avalancha que nos llega desde el otro lado del Atlántico ha dado pie a esta pregunta, ya que, a veces, se ha hecho prácticamente inconmensurable su oferta. (Y hablo de las series que nos llegan, ojo, de las que gozan de buena salud y consiguiente éxito, porque las que no, la inmensa mayoría, mueren prematuramente sin que ninguno de nosotros sepamos nada sobre ellas.) Esta realidad es por sí sola toda una realidad, tiene vida, se puede ver, se puede sentir, no pasa desapercibida. Y ahí es donde cualquiera puede ponerse a analizar todas las diferencias que, a fuerza de tiempo, han ido, poco a poco, ensanchándose (antes, más soterradas, actualmente, mucho más visibles) en cuanto a su ficción, y la nuestra.

¿Quién nos iba a decir que la caja tonta iba a ser, algún día, tan lista? Yo, desde luego, no, al llegar tarde al boom estadounidense, y descubrir, arrastrado por su corriente, como muchos otros seguidores del efecto Lost, todo lo que me estaba perdiendo e iba a seguir llegando. ¿A qué puede deberse? A varios factores, como la originalidad de muchas de sus propuestas, la impecable factura de las mismas, tener un público muy definido gracias a los canales de pago que las ofertan, una duración más que acorde a los estándares de género, etc. Y, por encima de todo, a unos maravillosos guiones que hacen posible el camino, a unas historias y personajes espléndidos y sorprendentes, llenos de calidad, y, por encima de todo, nunca vistos hasta este momento.

En España, aun habiendo una gran cantera de guionistas, con grandes y buenos productos de éxito actuales, como “Velvet” y “El príncipe”, que se salen del patrón establecido, todavía no llegamos a nuestros colegas estadounidenses, por más que talento sí que haya. Para mí, la calidad artística aquí sigue sin estar, a menudo, en consonancia con los picos de audiencia. ¿El problema? Las restricciones que nos imponen en cuanto a público/target y duración: nuestros mayores estigmas.

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Las productoras de este país casi siempre deben trabajar para canales en abierto, ya que son los medios por los que la mayoría de la población/audiencia consume ficción nacional. Hace unos años, y saliéndose completamente de la norma, Canal + se lanzó a producir dos miniseries, “¿Qué fue de Jorge Sanz?” (de planteamiento más que interesante pero de resultado un tanto irregular, si se me permite decir) y “Crematorio”, una de las mejores series que se han hecho en este país. Esta última, partiendo de una novela del escritor Rafael Chirbes, supo ser fiel a todo esto que estoy diciendo/defendiendo: el espectador es lo primero, sí, siempre, y hay que respetarle, sí, por supuesto, porque se merece que la historia y los personajes sean, junto con él, justos hacia él. Ir a la cabeza, ser los capitanes del barco. A este respecto, recuerdo que me contaron que, David Simon, al intentar vender su célebre “The Wire”, soltó en medio de la reunión con HBO aquello de: “Fuck the average viewer” (algo así como: “Que se joda el espectador medio”). Me pregunto ahora cómo les sentaría a los productores tal bofetada de razón… Mientras que aquí, tal osadía resulta algo así como impensable, un sueño que allí es una realidad, y aquí, humo, humo que seguirá siendo humo si las cosas siguen igual, lamentablemente. Para hacer ficción en España, y hablando en términos generales, los guionistas siguen con la misma imposición de siempre: tenemos que seguir pensando en todo el mundo por igual, en la abuela, el padre, la madre, el niño… No vayamos a correr el riesgo de que, a alguien, cualquiera, quien sea, no le guste y/o no entienda lo que le estamos contando, y tengamos un gran y problemático problema: el cambio de canal reiterado semana tras semana, la temible caída de la audiencia, hasta que, ésta, no quiera volver a saber nada de nuestra serie, nunca, jamás.

¿Y qué pasa  con la duraduraduración? ¿Cómo es posible que todo se estire tanto tantísimo, que un capítulo de una serie normal pueda llegar a durar casi lo que dura una película? ¿Quizá sea por la publicidad, el mayor y principal cliente de la televisión? Sí. ¿O por ahorrar costes programando un solo producto en toda la franja de prime time (el horario de máxima audiencia) en vez de dos? Sí, también, por supuesto. Y de ahí no se sale, aun teniendo la respuesta enfrente, donde el estándar americano cifra que un capítulo de serie dramática dure alrededor de los 50/60 minutos, mientras que uno de sitcom, rara vez sobrepasa los 20 ó 21. Sin embargo, en España, y por las razones que he citado anteriormente, los capítulos de series semanales (véase como ejemplo “La que se avecina”, o “Cuéntame cómo pasó”, incluso sin publicidad en su cadena) son de aproximadamente 70 minutos cada uno, o más. ¿Y los de sitcom, como “Aída”? 50, más o menos. Cifras escandalosas que hacen que, por fuerza, merme, en reiteradas ocasiones, la calidad global de toda una producción. Es decir, si se pone un poquito de atención, cualquier espectador vería que muchas de las secuencias que está viendo podrían eliminarse y no pasaría absolutamente nada, seguiría enterándose de lo que ocurre y todo sería mucho más compacto, cerrado, redondo. Hablo tanto de la historia como de sus personajes, algo que agradecería, seguro, el espectador que se sienta por las noches a entretenerse, a llorar, a reír, a disfrutar. Porque incluso Greg Daniels, afamado guionista estadounidense de series como “Seinfield”, “Los Simpson” o “The Office”, cuando estuvo hace poco de visita en Madrid, dando una masterclass sobre guión, y descubriendo, a su vez, los entresijos del tiempo sobre los productos de nuestra industria, se quedó ojiplático al enterarse de todo esto que estoy comentando yo ahora muy resumidamente: “Me sorprendió mucho saber que en España hay comedias de 70 y de hasta 90 minutos. Es algo bastante difícil de mantener”.

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