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Garzón en Arán

Por José Luis Muñoz , 21 septiembre, 2021

Foto cortesía de Susana Villafañe

Aunque muchos no quisieron enterarse, o quizá no se lo creyeran, Garzón estuvo en Arán. El ex juez acudió a la quinta edición del festival Black Mountain Bossòst como un autor más invitado por la organización. El bautizado durante muchos años como juez estrella (una denominación que desmontó con gracejo andaluz en la presentación del libro La encrucijada de Editorial Carena con un rosario de anécdotas: Cuando entraba por la puerta principal de la Audiencia Nacional decían “Garzón se exhibe”; cuando lo hacía por el garaje, “Garzón se esconde”), echó por tierra con su presencia todos los estereotipos que han fabricado los medios de comunicación sobre él. Baltasar Garzón sacó un hueco de su apretada agenda, más ahora que el Comité de Derechos Humanos de la ONU ha determinado que no tuvo un juicio justo, para estar con nosotros en una visita relámpago el jueves por la noche que terminó el viernes al finalizar el acto en el cine de Vielha en donde, incomprensiblemente, no había ni un solo medio de comunicación: dejaron pasar una ocasión de oro para recoger la efeméride. Tampoco estuvieron representantes de la clase política del Valle de Arán, salvo el actual alcalde de Bossòst y el anterior, ni las entidades culturales de ese singular enclave pirenaíco que destaca por su belleza paisajística y acoge este pequeño gran festival que cocinamos con cariño, a lo largo de muchos meses, Lluna Vicens y yo mismo.

A Garzón se le conoce por su coraje y valentía, por llevar ante la justicia tanto a etarras como a miembros del GAL; a no achantarse para llegar a las altas esferas del gobierno de Felipe González, implicadas en esa banda que practicaba el terrorismo de estado, ante los tribunales hasta casi rozar la llamada X de la organización que todos sabemos quién fue; en instruir causas contra los genocidas argentinos; en retener al dictador Augusto Pinochet en Londres para intentar extraditarlo; en ser el azote tanto de narcotraficantes como de corruptos del Partido Popular y en llevar la defensa del fundador de WikiLeaks, Julian Assange, recientemente. Baltasar Garzón es un personaje de un extraordinario prestigio internacional, un juez sin miedo, un referente moral, un luchador infatigable en defensa de los derechos humanos que no se ha arrugado ante nadie, ni ante sus propios compañeros de profesión, esa barricada franquista de la judicatura que, como él bien dice, no ha hecho la transición y lo inhabilitó por once años en ese juicio que el Comité de Derecho Humanos de la ONU califica de injusto. Ese juicio linchamiento fue el paradigma del cainismo tan frecuente en un país, el nuestro, que persigue a los brillantes a través de los mediocres, esos jueces retrógrados cuyas togas huelen a naftalina y se creen intocables y poseedores de la verdad.

En su breve estancia, durante esa cena agradable y distendida que muchos de los asistentes al festival cultural Black Mountain Bossòst disfrutamos en el restaurante Tirabuçon de Bossòst, Garzón dejó varios titulares. Soy un juez que no cree en la justicia. ¿Qué justicia hay en la más que probable extradición a Estados Unidos, y condena a cadena perpetúa, de Julian Assange por denunciar delitos de lesa humanidad cometidos por Estados Unidos? ¿Qué justicia es esa que persigue al mensajero, lo encarcela, y hace caso omiso del mensaje, no juzga los delitos que se denuncian? Le dije que en este país, con un poder judicial absolutamente desprestigiado, éramos millones los desengañados con uno de los ejes fundamentales del estado de derecho; que buena parte de las sentencias, incluidas las del Procés, nos parecían incomprensibles además de injustas. Ni hubo rebelión ni sedición, dijo tajante.

El exjuez, a lo largo de su charla con mi buen amigo José Membrive, el editor de Carena, el factotum de que fuera posible traerlo a Bossòst, fijó su posición ante el Consejo General del Poder Judicial cuyo mandato lleva años caducado. Yo habría dimitido ipso facto. En cuanto a que sean los propios jueces los que elijan a sus órganos judiciales (Poder Judicial, Tribunal Supremo, Constitucional) fue meridianamente claro: Es una aberración. La sociedad española está más o menos a un 50 por ciento de conservadores y otro 50 por ciento de progresistas. Los jueces, en un 85 por ciento, son conservadores y el poder judicial debe emanar del pueblo, ser representativo de él y no de unas elites corporativas. Los jueces se olvidan, con frecuencia, de que son servidores públicos, de que están al servicio de los ciudadanos.

Garzón, en estas escasas 12 horas que estuvo con nosotros, desmontó el arquetipo de juez estrella prefabricado por los medios de comunicación, se mostró humano (Lo que más me hace feliz es que mi madre haya podido ver que el Comité de Derechos Humanos de la ONU diga que su hijo no tuvo un juicio justo, que no fui ningún delincuente), cercano, no se cortó en ningún momento, citó nombres, se revolvió contra sus enemigos (muchos, porque fue un juez molesto que no se casó con nadie),y habló con claridad dejando a un lado la corrección política. Los que tenían una imagen distorsionada de él cambiaron su punto de vista, y yo me incluyo.

Muchos se perdieron en el Valle esta ocasión de escuchar a una de las personalidades más relevantes de nuestro país y del mundo. Gracias, Baltasar Garzón, por haber estado entre nosotros y ser un referente mundial.

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