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«La opacidad de los cuerpos humanos», de Carlos Manzano

Por José Luis Muñoz , 6 noviembre, 2026

Si algo caracteriza a la narrativa de Carlos Manzano, un autor zaragozano con una extensa y rigurosa obra publicada a sus espaldas, es su compromiso con la excelencia literaria que ya demostraba cuando coordinaba la excelente revista digital Narrativas, una de las más rigurosas en su ámbito. En los argumentos de sus novelas, y en sus relatos, hay una clara tendencia hacia la oscuridad que hace inquietantes sus narraciones. El autor de Paisajes en la memoria y Todas las mentiras, premio Fernando Marías de novela, es un hábil perfilador de personajes que parecen muy normales hasta que cruzan determinada línea y muestran otra faz.

En La opacidad de los cuerpos humanos (La Fragua del Trovador, 2026), que viene a continuación de La fragilidad de los cuerpos humanos, Carlos Manzano da un paso más en esa tendencia hacia la oscuridad y se adentra en los vericuetos de la novela negra, y lo hace con maestría indudable. Héctor, el protagonista, un personaje de ambigüedad moral cercano al Ripley de Patricia Highsmith, es más exhibicionista que voyeur —Su placer consiste en ser mirado, no en mirar—, actividad que lo relaciona y le hace intimar a distancia con la vecina que tiene enfrente de su vivienda, la misteriosa Chamorro: Sea como fuere, lo que sí había podido constatar era que casi nunca echaba las cortinas de su dormitorio, de manera que Héctor tenía fácil contemplar su cuerpo desnudo cuando se cambiaba de ropa y cuando regresaba del cuarto de baño.

La novela de Carlos Manzano es muy visual, muy cinematográfica, podría convertirse fácilmente en película porque el autor, además de buen escritor, es exquisito cinéfilo, pero sobre todo, lo que fascina en la narración, al menos a mí como lector y cultivador de novela negra, es contemplar como al personaje principal de esta historia, como le ocurría al que interpretaba  Philip Seymour Hoffman en el testamento cinematográfico de Sidney Lumet Antes que el diablo sepa que has muerto, se le va complicando la vida a pasos agigantados, se va sumergiendo poco a poco, casi sin darse cuenta de ello, en la oscuridad en cuanto empieza a introducirse en círculos peligrosos y ajenos a los que se va adaptando ante su propia sorpresa.

Héctor, cuya vida sexual se reduce a mirar y, sobre todo, ser mirado —Mostrarse desnudo ante Chamorro le resulta no sólo reconfortante, sino diría que, hasta profundamente terapéutico, purificador…—, vive de llevar coches robados de un país a otro: Aunque no sufre de falta de dinero, tampoco va sobrado. El Tieso sólo le paga dos mil por encargo, independientemente de la distancia que deba recorrer. Esa actividad delictiva, aparentemente poco peligrosa, le permite conocer países y ciudades del este de Europa —Le gusta el aroma a decadencia que desprenden las calles y plazas de Ruse, la falta de orgullo, de jactancia, que muestran sus habitantes, la vestimenta sencilla y a menudo usada de los niños que juegan en las calles— y saciar una de sus pasiones, que es conducir coches, aunque sean robados: A mí lo único que me gusta de verdad es conducir. me pasaría la vida conduciendo solo, a mis anchas, por las autopistas europeas, como un dios del asfalto. Un incidente, perder uno de esos coches porque se lo roban por la noche mientras duerme en un hotel de carretera, hace que la relación con el Tieso termine y sea contratado como guardaespaldas y chófer de Almansa, un mafioso que le exige cruzar determinadas líneas morales. Almansa es un tipo mediocre, vulgar, zafio. A las órdenes de ese personaje despreciable y machista, Héctor, casi sin darse cuenta, o porque no tiene opción una vez que está en ese mundo, entra en una vorágine de actividades peligrosas.  Para su seguridad, o eso le dijeron, le van a proveer de una un Glock 19, cuyo coste se le irá descontando de los primeros trabajos que realice. Y cuando tiene que ajustarle las cuentas a alguien, y no pone reparo en ello, por falta de valor, o también de empatía, como le sucede al protagonista de El extranjero de Albert Camus, el hundimiento moral parece irreversible: Ninguna de esas dos vidas le importa lo más mínimo, pero uno de ellos tiene poder y dinero y el otro no, el otro no es nadie. un idiota más. un cretino.

Una de las fuentes de las que bebe la novela negra es la tragedia griega clásica, y uno de los ejes sobre el que pivotan las grandes obras del género es el de la fatalidad y la predestinación: el destino parece ya escrito y no hay manera humana de cambiarlo. Héctor, el más que oscuro personaje ideado por Carlos Manzano, transita al borde del abismo en su recorrido por los infiernos de ese submundo delincuencial al que, en apariencia, es ajeno, pero al que se acaba adaptando. La opacidad de los cuerpos humanos, título que refleja muy bien el itinerario que hace su protagonista, produce desasosiego además de inquietud. Carlos Manzano demuestra ser un brillante observador del alma humana y sus contradicciones. Su solitario personaje, con sus manías y obsesiones, su soledad y falta de empatía emocional, recuerda al que interpretaba Alain Delon en El silencio de un hombre de Jean Pierre Melville; la seca violencia de alguno de sus pasajes narrativos, llevan a David Cronemberg o a Michael Haneke.

En toda buena narración negra, sea novela o película, los secundarios son fundamentales, y Carlos Manzano no los descuida. Sonia es la atractiva amante de Almansa que entrega como moneda de cambio para cerrar un negocio: ¿Y se puede saber qué aspecto tendrías tú después de que cuatro energúmenos en estado salvaje te hayan estado violando sin interrupción durante tres días? ¿Me lo puedes decir? ¿Te puedes hacer una idea de lo que supone eso? Nataly es la chica que Héctor contrata para una sesión especial de fotos: A Nataly no le gustan los bandazos que da Héctor. Cuando la advirtió de que él estaría desnudo mientras le tomaba fotografías, ya imaginaba que algo extraño debía de haber en la personalidad de aquel tipo. Alicio, extraño nombre, es su introductor en ese mundo de tinieblas: En primer lugar, tu propia vida vale más que las vidas de los demás. Cuestionar eso es sencillamente antinatural, incluso antibiológico, te diría. Y, por encima de todos ellos, Chamorro, la vecina con quien el protagonista entabla un duelo especular: Para que el intercambio tenga sentido, para que el juego de miradas y ofrendas dé lugar a algo más intenso que la mera carnalidad o la más rústica visceralidad, debe acontecer de mutuo acuerdo. Fascina esa relación turbia de simples miradas y exhibiciones entre Héctor y Chamorro, que jamás se rozan ni se hablan siquiera, separados por la distancia de esas casas que habitan. Es un amor platónico entreverado por la carnalidad de las visiones de los cuerpos desnudos y el deseo: Chamorro se ha desnudado para él porque sabe que la está mirando, que ambos se están mirando mutuamente, por eso ha decidido dar ese paso que tanto tiempo llevaba esperando Héctor: por fin ha cruzado la barrera del pudor.

El escritor zaragozano arma una sólida trama negra, maneja con soltura personajes y diálogos, imprime ritmo creciente a lo que cuenta y puede que nos esté ofreciendo su mejor novela hasta la fecha y, desde luego, la más perturbadora que cierra de forma tan brillante como impactante en el último párrafo, también muy cinematográfico. La opacidad de los cuerpos humanos no defrauda a los amantes de la buena novela negra y de la literatura en general y confirma a Carlos Manzano como uno de los más rigurosos y brillantes autores del panorama literario español.

Título original: La opacidad de los cuerpos humanos
Autor: Carlos Manzano
Editorial: La Fragua del Trovador
Año publicación: 2026
Género: novela negra
Páginas: 185

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