«Las diez muertes de Francisco Franco», de Martín Garrido
Por José Luis Muñoz , 15 septiembre, 2026
Muy original, y atrevida, la trama de Las diez muertes de Francisco Franco (Berenice, 2026) de Martín Garrido (Barcelona, 1982), escritor —Los inútiles perfectos, Hospicio, El tren de juguete y Alcázar—pintor de reconocido prestigio y cineasta, que es tanto una novela negra —el asesinato salvaje de diez niñas en Mallorca— como novela histórica, porque el autor tiene la enorme osadía de meter al dictador Francisco Franco — Si aquella mañana hubiese estado en otro lugar y no firmando penas de muerte en la antigua sala de recibir de Carlos III con una taza de humeante café en la mano…—en la investigación de los crímenes rituales de un asesino en serie.
La novela arranca con el descubrimiento de los cadáveres de las niñas —…había aparecido una segunda víctima, otra pequeña de 12 años a la que habían dibujado una terrorífica sonrisa en el rostro con una navaja.—, y escala cuando aparece en Mallorca el Caudillo, conmocionado por esos asesinatos y debidamente disfrazado que se afeita el bigote y se coloca una ridícula peluca sobre su calvicie— Después de enfrentarse a media España, destrozar el territorio y salir victorioso con humos de Cid Campeador, le costaba entender como un criminal anónimo podía distraerle en las postrimerías de su histórico triunfo.—, para invadir las competencias de la investigación del inspector Ángel Roca, un antifranquista que tiene que tragar estar al lado del personaje que más odia en el mundo y en diversas ocasiones se plantea acabar con él porque lo tiene a tiro y podría cambiar la historia de España: “Si tuviera cojones, te mataría ahora mismo, hijo de puta”, pensó fantaseando con desparramar los sesos del dictador por el coche, hacerle un boquete en el cráneo y ver cómo chorreaba sangre a borbotones sobre el cerebro hecho papilla.
No elude el escritor los aspectos macabros del caso: Aparte de destriparla, a la niña le habían cortado las orejas y arrancados los ojos toscamente. Como artista plástico que es Martín Garrido, la pintura entra en algunos de sus párrafos: La visión de las gemelas era un cuadro sin parangón, pinceladas impresionistas que hacían flotar las figuras como ángeles murillescos, de un manierismo modernizado por la pureza que exhalaba el entorno e incendiaba el verde de la hierba. / Por muchos colores que rebosara el día sobre el paisaje, en el erial de los seres humanos lo sórdido era más fuerte. Y también encontrará el lector cargas ideológicas a lo largo de la narración: A pesar de que la República había luchado por la igualdad entre sexos, la España de Franco había devuelto a la mujer al hogar, donde debía ser totalmente dependiente del marido, limpiar, cocinar, abrirse de piernas sin sentir ni un placer y parir engrandeciendo la nación.
Martín Garrido no solo es capaz de armar una trama compleja en una novela de quinientas páginas que el lector devora, porque además está muy bien escrita — La niña tenía ojos transparentes, húmedos como caramelos recién lamidos por la humedad de la isla.—, sino que recrea a la perfección la vida de esa España de 1960 del desarrollismo que seguía viviendo bajo la bota de una dictadura brutal en medio de una pobreza extrema: En el campo había variedad, culebra, lagartos, tortugas y un sinfín de pajaritos que enriquecían el puchero. Una isla de Mallorca pobre, antes de ser invadida por el turismo, abrasada por el calor que hace sudar a los protagonistas, es el paisaje de esta narración híbrida que tiene un sinfín de personajes y todos muy bien esculpidos.
El escritor dibuja a la perfección a los policías que llevan el caso, especialmente a su protagonista Ángel Roca, atormentado por dilemas morales e ideológicos —ser policía en un régimen que detesta—, y consigue algo más difícil, meterse en la cabeza del dictador, revivirlo de tal manera, de una forma tan realista y acertada que podríamos decir que Francisco Franco es el coprotagonista de la novela. Por mucho que quisiera pavonearse frente al espejo de su espíritu, en sus horas bajas el Generalísimo se retrotraía en el tiempo y volvía a ser Franquito, ese mequetrefe de la Academia de Infantería de Toledo que soñaba con llegar a ser uno de los oficiales de Marina que en su tierra eran admirados como miembros de una casta aristocrática. Tendríamos que remontarnos a La autobiografía del general Franco escrita por Manuel Vázquez Montalbán para encontrar una imagen tan fidedigna.
Hay retratos físicos de fuerza indudable, que son como cuadros al óleo de Franco: Esa misma mañana, al mirarse en el espejo, el dictador se había encontrado más mayor de lo normal, con unos ojos tristones que se inclinaban resbalosos, igual que los labios secos y mínimamente cuarteados, y el resto de una cara con piel descolorida, redondas carrilleras y papada cardenalicia. Y juicios de valor demoledores del dictador sobre, por ejemplo, el padre de nuestro actual rey emérito: El conde de Barcelona estaba tan obsesionado con arraigar la monarquía en la nación que había olvidado los valores elementales que ningún ser humano puede permitirse perder, era un bocazas, un putero y un borracho, en resumen, una vergüenza para su clase y para el pueblo del que no podía hacerse cargo pese a su consejo privado de valedores.
Novela histórica, porque con la entrada de Franco en la narración esa faceta cobra fuerza —hay referencias a su infancia y a su entorno familiar (padre, hermanos, primos y esposa, con los que se completa el retrato), a sus complejos de inferioridad que aplacaba con una extrema crueldad, a su baraka en la guerra de Marruecos en la que se forjó su personalidad, al levantamiento contra la República…—, y en la que también introduce a otro personaje siniestro, el alcoholizado nazi Otto Skozerny, refugiado en la isla con la bendición del dictador— Otto Skozerny era un hombre alto, poseedor de una enorme masa de grasa y músculo gastado, con rostro de fisonomía teutona atravesada por una enorme cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda desde el pómulo hasta la boca…—, con quien el dictador se decepciona por el desorden de su vida: La casa era un estercolero, botellas vacías de alcohol sobre la mesa, los sillones, las estanterías e incluso el sofá en el que se había sentado la alemana cuarentona que había anunciado la presencia del policía y el Caudillo disfrazado. Martín Garrido hace una radiografía de su coprotagonista nada piadosa, presentándolo como un personaje frio, despiadado y tiránico —Francisco Franco era un hombrecillo acomplejado que nunca superaría traumas relacionados con su insignificante físico y su vocecilla.—que no trata de humanizarlo sino todo lo contrario, y también novela negra y policial rigurosamente procedimental, y ambos géneros se imbrican perfectamente en una trama que guarda alguna que otra bala en la recámara que hará que el lector se sobresalte cuando alcance las últimas páginas. Él era un guerrero, un estratega, el brazo armado de Dios, necesitaba pelear igual o más que respirar, porque el único oxígeno que necesitaba emanaba de la sangre y saber que podía morir al menor descuido le daba alas frente al peligro. La proverbial baraka del Caudillo que acude una vez más en su auxilio.
Martín Garrido sale airoso y con nota muy alta de este desafío que se ha impuesto a sí mismo, el de recrear esa España que por edad no pudo conocer —la labor de documentación ha sido exhaustiva y rigurosa, Las diez muertes de Francisco Franco nos transportan al pasado— y atreverse con un personaje que a día de hoy sigue siendo centro de polémica y muchos intentan blanquear olvidando que el dictador que rigió los destinos de España durante cuarenta años estaba fascinado, desde muy joven, con la muerte que él aplicaba sin ningún reparo moral. La muerte era fascinante en todas sus formas, el arte más trascendente de la naturaleza. El matarife de niñas pinta un óleo con sangre. En Las diez muertes de Francisco Franco se confrontan dos asesinos en serie.
Título original: Las diez muertes de Francisco Franco
Autor: Martín Garrido
Editorial: Berenice
Año publicación: 2026
Páginas: 501
Género: Novela negra, novela histórica.
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