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No nos toquéis las plazas

Por Oscar M. Prieto , 21 enero, 2014

Desde los griegos, padres de la puta y santa democracia –parafraseando a San Agustín, que así llamaba a la Iglesia- el pueblo es el ágora, la plaza. La democracia se concibe y nace en el ágora, en la plaza, el lugar en el que el pueblo –demos- se reúne, se expresa, discute, argumenta y vota, toma decisiones sobre ir o no ir a la guerra, condena y destierra, elige nuevos cargos, aprueba o rechaza proyectos y esculturas, templos, puertos o nuevas vías públicas.

Democracia. Poder del pueblo. El poder del pueblo se manifestaba y desarrollaba, se desplegaba públicamente, ante los ojos de todos los presentes –gobierno público y en público- en la plaza, a través de la palabra. Pueblo, plaza, palabra: esta es la síntesis de la democracia.

Con el tiempo, los siglos, las guerras, las traiciones, las pestes y las hambres, los tiranos, las cadenas, las cámaras de gas y las bombas atómicas, los villanos, los políticos, nos han ido arrebatando nuestra condición política, humana, ciudadana. Aristóteles definía al hombre como animal político, pues sólo en la polis, en la plaza el hombre es verdaderamente humano. Entendía el filósofo que fuera de la polis, de la plaza, sólo podían vivir los dioses y las bestias. Y así, el hombre, despojado de su condición política, en bestia se convierte, en pécora, oveja, y el pueblo en rebaño.

Aún privada de su condición de espacio en el que decidir, la plaza ha seguido siendo un lugar decisivo para el pueblo. La plaza ha pervivido, pese a todos los empeños. Como lugar público, el único que queda, en el que reunirse el pueblo. En las plazas el ser humano, junto a otros seres humanos, vive como pueblo, entabla relación con sus semejantes: cierra tratos, conversa, baila, también besa y también acompaña y alivia esa terrible soledad de ser tan sólo un ser humano.

No es la calle –en las calles todos vamos de paso, nos cruzamos y salvo fortuitos, no hay encuentros-, el lugar primero y radical del pueblo es la plaza. Es en la plaza donde la suma de hombres se transforma en pueblo y esta transformación es un milagro casi tan sacramental como el de la Eucaristía.

Privadas y vigiladas por los poderosos, acordonadas e incluso valladas, todavía hoy la plaza conserva su naturaleza atávica y primera: política. En casos extremos todavía se rebela y alza su voz como si fuera un puño. Entonces se convierten en símbolo, simbolizan la lucha por la libertad y la defensa de la dignidad. Nombremos algunas de ellas: la Plaza de Mayo, en Buenos Aires; la Plaza de Tiananmen en Pekín; la Plaza Tahrir en el Cairo. Por citar algunas, aunque ahora mismo estoy pensando en la Plaza del Grano de León.

Pienso en España, un país de alcaldes y de concejales de urbanismos que son la expresión más perfecta y hortera de los nuevos ricos. Sin gusto alguno han ido devastando la originalidad y diferencia propias de cada una de nuestras ciudades, de nuestros pueblos. Sí, también este afán por estandarizar ciudades y avenidas, mobiliario urbano y hasta la iluminación, es una manifestación perversa de las tendencias totalitaristas –de ambos lados-, una opción más en la consecución del objetivo primordial de la casta política, que no es otro que uniformar cabezas, pensamientos, que nadie disienta, ni se salga del surco. “Si tu pie se sale del camino caerá podrido”, cantaba Neruda, pero él hablaba de amor.

El empedrado de la Plaza del Grano, que durante 800 años ha soportado las idas y venidas de leoneses, sin duda tiene que representar un escándalo -su belleza imperfecta y tenaz-, para aquellos que pretenden por todos los medios –por este también- silenciar a los pueblos. No encuentro otro sentido al empeño por desbaratar una de las plazas más hermosas de España. Nuestro deber es legar lo que nos han legado, conservarlo,  no acabar con ello, por dar gusto al concejal o al alcalde de turno y algunos euros al constructor encargado del crimen urbanístico.

Por favor, no nos toquéis las plazas, no nos toquéis las narices.

Salud

Oscar M. Prieto

www.oscarmprieto.com