«Kuklinski», de Ernesto Mallo
Por José Luis Muñoz , 8 agosto, 2026
El argentino Ernesto Mallo (La Plata, 1948) aparca, por un momento, a su Perro Lascano y Buenos Aires para viajar al Estados Unidos de los años setenta y seguir el rastro sangriento de Richard Kuklinski, el asesino del hielo, quien está considerado el mayor asesino en serie de la historia criminal y se atribuye más de doscientos crímenes ejecutados por sus propias manos y de las más diversas maneras. A uno lo había seguido desde que salió del refugio en el Bowery. Como estaba recién bañado, lo estrangulé bajo el puente Williamsburg. A otro lo degollé; a un pelirrojo alto y delgado le clavé un picahielo en la frente.
Ernesto Mallo podría haber escrito un ensayo sobre ese monstruo, con la información que dio en presidio en las muchas entrevistas que concedió (era un narcisista de manual, también) y los análisis clínicos de los psiquiatras que lo trataron, pero prefiere construir una novela sobre ese peculiar personaje que se atribuye, entre otras hazañas, el asesinato del sindicalista Jimmy Hoffa— Murió en el acto, lo metí en el maletero y conduje hasta New Jersey, donde una prensa hidráulica compactó el coche y Hoffa con él. Me hizo gracia que un líder sindical pasase a formar parte de un auto japonés—. Nunca sabremos si ese crimen de la mafia lo ejecutó Richard Kuklinski o fue fruto de su inventiva (véase El irlandés de Martin Scorsese). La cárcel es un gran mentidero. Aquí, el perro salchicha se jacta de un pasado de gran danés. Pero Kuklisnki, incluso por sus dimensiones y su fuerza descomunal, era un gran danés.
Mallo indaga en una infancia brutal, sin ningún rasgo de amor por parte de su madre Anna y su padrastro— Pero no hay más infierno que este, del que Stan fue el principal demonio y yo su ilustre discípulo. — , en donde la violencia se normalizó de tal modo — Con aquel palo de escoba que no pudo detener a Stan, Ana descargaba su ira contra mí, le diera yo motivos o no. Stan tenía a Anna para desahogar su mierda, Anna me tenía a mí. Yo no tenía a nadie. — que ese niño Kuklinski, que ya apuntaba maneras (experimenta con el dolor animal quemando un gato por simple placer) sufrió y fue el laboratorio que lo convirtió en un asesino precoz. Que se destruyeran entre ellos era lo mejor que podía suceder. Y es en la infancia donde se forja el monstruo que será.
La primera parte de la novela de Ernesto Mallo, escrita en primera persona, es una especie de diario confesión de las hazañas de su protagonista. Para Kuklinski no hay más código ni más poder que la violencia. Yo siempre supe qué hacer con mi odio. Nací dañado, herido, sabiendo que las heridas están mejor en los otros que en mí. Cuando se entrena como boxeador, su preparador lo coloca ante su espejo: “Muchacho, tú no eres un boxeador” —me dijo—, “eres un asesino”. Me definió en tres palabras. La cosa más importante en la vida, creo, es saber quién es uno.
Con la misma frialdad espantosa que el asesino de hielo perpetra sus numerosos crímenes, Ernesto Mallo narra esa carrera criminal a la que puso fin, después de treinta años— Ahora estoy acabado, miro la puerta de acero por la que entré y por la que solo muerto habré de salir. —, el policía Pat Kane que cobra protagonismo en la segunda parte de la novela.
Kuklinski, no solo está extraordinariamente bien escrita, sino que mantiene al lector atrapado en una espiral de maldad incomprensible para un ser normal. El monstruo cobraba por cada muerte que perpetraba: En aquel trabajo habían muerto cinco personas por un botín de cincuenta mil, a diez mil por cadáver, fue un negocio ruinoso. El asesino del hielo era (murió en presidio y no se sabe si de muerte natural) un psicópata de manual, carne de psiquiatra, cuyas habilidades fueron explotadas por la mafia que lo tenía a sueldo como sicario. Para mi sorpresa, vi que aún le quedaban algunas respiraciones. Agonizaba. Me bajé, cerré la puerta, metí la pistola por la ventanilla y le disparé a la cabeza. Un monstruo que, sin embargo, se casó, tuvo una mujer y dos hijas que, en teoría, nada sabían de sus andanzas criminales— Yo creo que las mujeres siempre saben todo de sus maridos. Puede ser, pero muchas veces eligen no saber, dice Pat Kane, su apresador—, aunque lo podían sospechar por su comportamiento irascible hacia su mascota, sin ir más lejos: Richard retira el pie, el perrito yace muerto, sus ojos reventados, los sesos esparcidos alrededor. Bárbara y las niñas están paralizadas por el horror.
Kuklinski, tan inteligente como corpulento, mataba por el placer de matar, — No hay placer comparable a la sensación de dar la muerte. El sexo tal vez, pero no siempre. —como afirma a lo largo de la novela en numerosas ocasiones. Un asesino que cuando está de vacaciones con su mujer y sus hijas sigue matando, aunque nadie le encargue hacerlo, porque es un adicto de la sangre: En el tiempo de ocio, no mata por encargo, mata por placer. Y se cobra tres víctimas aleatorias.
Ernesto Mallo nos lleva con su narración a la parte más oscura del ser humano. Yo no mataba para robar, robaba para matar. Su asesino mata de forma irracional. Este es un tipo al que me hubiera gustado matar, pienso, en su mirada leo que él percibe mis sentimientos. La comunicación, cuando es sincera, no necesita muchas palabras. En realidad, el mayor asesino en serie de la historia de Estados Unidos era un esclavo de sus pulsiones homicidas, necesitaba matar como el normal de los mortales respirar: Matar lo alivia, lo calma, le quita esa especie de vértigo interior que no deja traslucir pero que está siempre dentro de él. Kuklinski es un cazador que no reprime sus instintos. En la mentalidad obtusa de los policías no cabe la idea de que alguien pueda matar por placer, como los cazadores.
Si algún rasgo humano hay en semejante personaje podría ser que el de que, según alardeaba, jamás asesinó a mujeres ni a niños y que todos a los que mató merecían la muerte que les aplicó. Kuklinski, piensa, es como un elemento químico que actúa por presencia envenenando todo cuanto lo rodea, reflexiona Pat Kane, el policía que lo retiró de la circulación.
Sumérjase el lector en una trama adictiva que evita el morbo y huye de lo gore, cuando hubiera sido muy fácil sucumbir, y viaje al epicentro del mal si tiene suficiente valor para hacerlo, y hágalo porque, me atrevería a decir, que Kuklinski es la mejor novela de Ernesto Mallo.
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