Vivir una mentira
Por Raquel Ortiz Bolfán , 4 septiembre, 2026

Hay decisiones que cambian una vida, y otras que consiguen mantenerla exactamente igual.
Son las que tomamos cuando aparece la posibilidad de cambiar algo y decidimos no hacerlo. No porque nos guste permanecer en el mismo sitio, y tampoco porque estemos convencidos de que sea lo mejor. Sino porque tenemos MIEDO. Ese miedo a equivocarnos otra vez, a empezar desde cero, a poder confiar de nuevo, a descubrir que tampoco era tan extraordinario… pero, sobre todo, a sentir el dolor que ya conocíamos.
El miedo tiene una forma extraordinaria para disfrazarse de sensatez. Siempre está presente en nuestras decisiones marcando y sembrando la duda. Nos sitúa en lo conocido, que es su zona de confort. Y así dejamos pasar una oportunidad, un nuevo trabajo, una ciudad, una persona y una nueva posibilidad. Pero lo más sorprendente es que le hacemos caso y ese es precisamente el problema.
El aprendizaje es la evolución para vivir y quien no aprende de sus errores tiende a repetirlos. Se aprende a desconfiar cuando nos traicionan, a protegernos cuando sufrimos, a arriesgarnos cuando perdimos. Parece lógico, ¿verdad? Hasta que confundimos aprender del pasado con obedecerlo.
Las experiencias pasadas deberían proporcionarnos información, no escribir nuestras decisiones futuras. Sin embargo, cuando se produce algo diferente, en vez de preguntarnos qué queremos ahora, preguntamos qué nos pasó. Porque decir que dejamos escapar algo que queríamos por miedo, resulta bastante más incómodo que reconocer que tomamos una decisión inadecuada… y la vida continúa avanzando incluso cuando nosotros decidimos quedarnos quietos.
¿Y qué hacemos después? Algo bastante humano: convencernos de que acertamos. Buscamos razones, ordenamos los argumentos y construimos una explicación suficientemente sólida para poder seguir adelante. «No era el momento», «tenía mucho que perder», «era lo mejor». Puede que incluso tengamos razón, pero el problema es que, a veces, no necesitamos una explicación de que hayamos tomado la decisión correcta, sino que necesitamos aprender a vivir con la que tomamos.
Entonces pasan los años, las mismas cosas diarias, las mismas obligaciones, personas… y todo parece perfectamente en su sitio, incluso nos puede parecer una buena vida. Pero las decisiones tienen una peculiaridad, se quedan en forma de pregunta:
¿Qué habría pasado si no hubiera tenido miedo?
La respuesta no existe, nunca la sabremos. Porque haber permitido algo sucedido en el pasado puede decidir lo que no ha ocurrido en el futuro, es una forma de MENTIR, mucho más sofisticada que engañar a los demás. Sentir que todo está bien, que hicimos lo correcto y somos felices, no minimiza el peso de aquello que perdimos por dejarlo escapar.
Hasta que un día por casualidad, salta la chispa que nos lo recuerda. Y durante un preciso momento se abre esa puerta, solo que esta vez, no podemos cruzarla, ese tren no volverá a pasar.
Y quizá esa sea una de las formas más silenciosas de vivir nuestra mentira: pasar años convencidos de que elegimos nuestra vida cuando en realidad dejamos que el miedo la eligiera por nosotros.
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