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Sobre el progreso (moral)

Por Ignacio González Barbero , 5 marzo, 2014

Por Ignacio G. Barbero.

Nube de hongo producida por la explosión de la bomba atómica Fat Man en Nagasaki

Nube de hongo producida por la explosión de la bomba atómica Fat Man en Nagasaki

La idea de progreso es característica e inseparable de la cultura occidental. El planteamiento que afirma que toda la historia puede concebirse como el avance de la humanidad en su lucha, paso a paso, por una excelencia mayor, hasta alcanzar en un futuro remoto una condición cercana a la perfección -para todos los hombres-, es propio de nuestro mundo. Consideramos que el tiempo, en tanto que nos permite dotarnos de cambios cognitivos, artísticos y técnicos es siempre un tiempo de progreso continuo: “hoy”, como especie humana, somos más capaces, más valiosos, mejores que “ayer”, pues tenemos a nuestra disposición una herencia mayor, más rica. La búsqueda del control completo del cuerpo y la naturaleza, principio presupuesto en la facultad racional humana y en su expresión principal , la ciencia, supone una manifestación preclara de esa conclusión. La tecnología, que progresa y se complica sin cesar, es otro argumento de peso para confirmarla, pensamos.

La clave de esta concepción radica en la transformación intencionada de un hecho en un hecho moral; interpretamos moralmente un fenómeno que no lo es en sí. Juzgamos que el cambio científico/técnico (un hecho indiscutible) es bueno para el hombre (un juicio/hecho moral). Lo situamos en un plano diferente, al que no pertenece: el plano ético. Y esta realidad moralizada viene siempre acompañada de una concepción social progresista, que sitúa en la libertad, igualdad y la fraternidad los valores morales más nobles de toda sociedad, a los que nos acercamos de la mano de la Razón y la ciencia – según estableció la Ilustración, época en la que la idea que nos ocupa se apuntala. Esto es: todo progreso racional nos emancipa necesaria y gradualmente, aumenta nuestra bondad, amén de dignificar la sociedad en la que vivimos haciéndola más libre e igualitaria. La ciencia (causa) nos libera (efecto). La época actual, en consecuencia, es mejor que toda época pasada, tanto a nivel científico como a nivel moral y social.

Este relato de nuestra realidad es asumido sin muchos problemas por todos nosotros. Nos parece fruto del sentido común. Ahora bien, hemos de plantearnos si el progreso científico implica necesariamente un progreso moral. El pensador Jean-Jacques Rousseau, hace más de doscientos años, impugnó esta tesis, al considerar que no sólo está ausente esta conexión necesaria, sino que todo avance en las ciencias conlleva una regresión en “la Virtud” y la bondad humanas. Nos alienan. No somos, por tanto, mejores personas, menos “salvajes”, que nuestros antepasados u otras sociedades no tan tecnificadas.

Nuestra posición usual al respecto, contrapuesta a la crítica del filósofo belga, está principalmente mediada por la imparable evolución científica y tecnológica contemporánea, que es de gran ayuda en nuestra vida cotidiana. Esto es innegable. Ahora bien, ¿el hombre ha progresado moralmente, se ha ennoblecido, a consecuencia de esta dinámica? ¿Es mejor, más bueno, gracias a ella, y vive en sociedades más libres, igualitarias y “civilizadas” que la de sus ancestros? ¿Todo acto violento o deleznable que pueda cometer es sólo un lapsus, una leve y momentánea “caída en la barbarie” que traiciona su virtuoso estado actual? Para responder a estas preguntas, compartimos las reflexiones de cuatro pensadores del siglo XX muy dispares en sus ideologías y principios. A pesar de que participen “en pareja” de una opinión favorable o desfavorable sobre el cambio moral para bien del hombre, sus hermenéuticas y tesis difieren enormemente. Este hecho enriquece, sin duda, el análisis del problema por nuestra parte, tarea que nos concierne hoy.

A favor:

– El hecho mismo de que los movimientos de regresión que se producen periódicamente en los diversos pueblos sean considerados por la parte más culta de la población como fenómenos pasajeros, posiblemente evitables en el futuro, demuestra que el criterio ético se ha ubicado en un más alto nivel. A medida que en la sociedad civilizada aumentan los medios para satisfacer necesidades del conjunto de la población, abriéndose así el camino para una mejor comprensión de la justicia para todos, las exigencias éticas se tornan siempre por necesidad más elevadas. Así, situándose en el punto de vista de una ética científica y realista, el hombre puede no sólo creer en el progreso moral, sino también fundar esta creencia sobre bases científicas, a pesar de todas las elecciones de pesimismo que recibe. La creencia en el progreso, que al principio no era más que una simple hipótesis, se encuentra ahora plenamente confirmada por el conocimiento. (Kropotkin, “Ética”)

– Ya que la revolución tecnológica es irresistible por sí misma, la autoridad arbitraria y los valores irracionales de las culturas precientíficas y preindustriales están condenados. La resistencia no puede salvar a los valores tribales. No les queda más alternativa que aceptar inteligente y voluntariamente el modo de vida industrial y todos los valores que lo acompañan. No necesitamos disculparnos por recomendar ese camino. La sociedad industrial es el modo de vida más exitoso que la humanidad ha conocido. Nuestra gente no sólo come mejor, duerme mejor, tiene alojamientos más confortables, se traslada mejor y más cómodamente y vive más tiempo de lo que los hombres jamás lo han hecho. Además de oír la radio y mirar la televisión, lee más libros, escucha más música y ve más películas que ninguna otra generación previa o ningún otro pueblo lo ha hecho. En el clímax de la revolución tecnológica vivimos en una época de oro de la lucidez científica y los logros artísticos. Para todos aquellos que logran el desarrollo económico el cambio cultural profundo es inevitable. Pero las recompensas son considerables. (C.E. Ayres, “La teoría del progreso económico”)

En contra:

– En las zonas técnicamente avanzadas de la civilización, la conquista de la naturaleza es prácticamente total y un mayor número de necesidades de un mayor número de gentes son satisfechas más que nunca. Ni la mecanización, ni la regularización de la vida, ni el empobrecimiento mental, ni la creciente destructividad del progreso actual dan suficiente motivo para dudar del «principio» que ha gobernado el progreso de la civilización occidental. El aumento continuo de la productividad hace cada vez más realista la promesa de una vida todavía mejor para todos. Sin embargo, la intensificación del progreso parece estar ligada con la intensificación de la falta de libertad. A lo largo de todo el mundo de la civilización industrial la dominación del hombre por el hombre está aumentando en dimensión y eficacia. Y esta amenaza no aparece como una transitoria regresión incidental en el camino del progreso. Los campos de concentración, la exterminación en masa, las guerras mundiales y las bombas atómicas no son una «recaída en la barbarie», sino la utilización irreprimida de los logros de la ciencia moderna, la técnica y la dominación. Y la más efectiva subyugación y destrucción del hombre por el hombre se desarrolla en la cumbre de la civilización, cuando los logros materiales e intelectuales de la humanidad parecen permitir la creación de un mundo verdaderamente libre  (Marcuse, “Eros y civilización”).

– “Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En ese cuadro se representa a un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira fijamente. Los ojos se le ven desorbitados, tiene la boca abierta y además las alas desplegadas. Pues este aspecto deberá tener el ángel de la historia. Él ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina y se las va arrojando a los pies. Bien le gustaría detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero, soplando desde el Paraíso, una tempestad se enreda en sus alas, y es tan fuerte que el ángel no puede cerrarlas. Esta tempestad lo empuja incontenible hacia el futuro, al cual vuelve la espalda mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciencio hasta el cielo. Lo que llamamos progreso es justamente esta tempestad” (Walter Benjamin, “Sobre el concepto de historia”).


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